Notablemente emocionado se manifestó el poeta argentino Arturo Carrera, autor del libro Las Cuatro Estaciones, a quien los miembros del jurado internacional otorgaron el triunfo, en la segunda edición del Certamen de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira.
domingo 15 de noviembre de 2009
Arturo toca la lira
Notablemente emocionado se manifestó el poeta argentino Arturo Carrera, autor del libro Las Cuatro Estaciones, a quien los miembros del jurado internacional otorgaron el triunfo, en la segunda edición del Certamen de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira.
El Bien y el Mal
Invitado a inaugurar una Semana do cinéma en una ciudad brasileña, paso tres días en casa de queridos y viejos amigos con los cuales jamás hemos tenido una discusión que involcurara tópicos más graves que los disparatados horarios a los que se levantan todos los días, incluidos los domingos (antes de que los gallos canten, naturalmente, pero también antes de que Morfeo haya podido reparar las huellas fatales de la jornada anterior). Son cosas del clima. En las largas sobremesas, una cosa lleva a la otra y terminamos a grito pelado defendiendo posiciones contrarias en relación con la situación política argentina, que ellos interpretan en los mismos términos que el Poder Ejecutivo.
Como yo disiento en los diagnósticos “destituyentes” y las generalizaciones abstractas como “los medios de comunicación” me parecen un pobre intento para construir un enemigo imaginario, terminan tirándome por la cabeza los mil dislates que en los diarios más conservadores y derechistas se leen y las aberraciones que los sedicentes periodistas televisivos se atreven a sostener sin ruborizarse por su ignorancia y su mala fe (de la que, por cierto, somos conscientes desde hace décadas).
Me niego a que me involucren en la vaga corriente de los “destituyentes” y “desestabilizadores”, quienes, por las recientes palabras del Gobierno, parecen haber vuelto a ocupar las primeras filas de un “combate” del que a mi juicio, la mayoría de la población está un poco harta y le interesa más bien poco. Me echan en cara que no acompañe con felicidad las decisiones de nuestros gobernantes. Les explico que tengo sobradas razones para no hacerlo, pero que en modo alguno eso me obliga a tomar parte en una polarización que detesto y que tampoco eso implica un pedido jacobino de cabezas.
Ellos reconocen que el “estilo” de comunicación del gobierno es exaltado demais, pero consideran que su “proyecto” es defendible. Les contesto que la estilística no es mi fuerte y que no evalúo los estilos (aún cuando cierta intensidad termina agobiándome) porque me parece que eso escapa un poco a la política. Cuando les pregunto cuál sería el proyecto que patrocinan me contestan con una figura de discurso: “la redistribución”.
Sea: nadie puede no acordar con ninguna palabra de cinco o más sílabas (y por eso me gusta hablar de la “reterritorialización paranoica” en las alarmas estatales).
En el momento en que les pregunto cuáles son las herramientas redistributivas la poca racionalidad que conservábamos se hunde en el barro. Naturalmente, el subsidio universal recientemente aprobado es lo más a mano. Pero yo me he pronunciado favorablemente en relación con esa herramienta, y no veo que demasiados sectores hayan levantado su voz en su contra, salvo por cuestiones técnicas como el origen de los fondos que financiarían el programa (los aportes jubilatorios y de los monotributistas y no las modificaciones en el impuesto a la renta financiera, como habría sido, para mí, más “redistributivo”).
Como en la discusión introduzco mi hipótesis (probablemente gorila hasta el tuétano) de que el peronismo es el Mal Elemental, me acusan de matafísico trascendentalista. También me niego a aceptar esa caracterización.
Me niego a participar de esa lógica, les digo. No estoy ni a favor ni en contra del “peronismo” gobernante (evalúo sus medidas una a una). Les recuerdo que el liberalismo de los años noventa que tanto se mienta como el símbolo más dramático del fracaso argentino fue también el “peronismo” gobernante. ¿Y qué son esos colectivos nunca analizados, “los medios”, “el campo”, “el neoliberalismo”, sino el intento de presentar ante la opinión pública un demonio simétrico (un espejo del propio semblante)?
Alarmados por nuestros gritos, los camareros que nos atienden nos preguntan en la dulce lengua de Drummond si está todo bien. Les contesto con una metáfora tristemente adecuada: tudo bom, tudo legal, los argentinos somos como los gatos, cuando gritamos no nos estamos matando, sino reproduciéndonos.
Como lo que tenemos es lo que nos merecemos, y como somos lo que decimos y lo que callamos, nos volvemos a la Unidad Básica Reina Cristina (sección catarinense) a dormir la siesta.
sábado 14 de noviembre de 2009
La comunidad de los ausentes
La obra de Roland Barthes, que no necesita presentación alguna, ha suscitado, en los últimos años, acercamientos cada vez más complejos, que la apartan del lugar del mero análisis del discurso o del comentario de textos y la colocan en la vertiente de la filosofía contemporánea en la que se construye una ética adecuada a nuestros tiempos.
Tanto en Incidentes (1987), el libro póstumo que recoge fragmentos de diario (de la “forma diario”, que tanto preocupaba a Barthes, desde sus primeras publicaciones hasta “Deliberación”, 1979), como en Roland Barthes por Roland Barthes (1975), ese extraño autorretrato que reinterpreta su propia obra, o en La cámara clara (1980), su último libro publicado, urdido a partir del dolor que Barthes siente al contemplar una foto de su madre muerta, se deja leer el proyecto barthesiano de devolverle un porvenir a aquello que, en Mitologías (1957), habría de constituir el objeto de una ciencia: lo imaginario, que deja de concebirse como sólo un conjunto de representaciones estereotipadas y adquiere el estatuto de una práctica (y en tanto tal, se liga con una ética e, incluso, una política).
Aún cuando Roland Barthes no desdeñara el tratamiento técnico de la materia que se impone (el lenguaje, el relato, la fotografía, la ideología, la moda o los mitos), lo que “decanta” de su obra está en otro dominio: un dominio de indiscernibilidad donde ética y estética se presuponen. Barthes va recurriendo progresivamente a diferentes paradigmas para resolver esa articulación, pero está presente desde su primera intervención y constituye una de sus obsesiones más recurrentes. En Diario de duelo (1977-1979) se lee: “¿En qué mamá está presente en todo lo que yo he escrito?: en que hay por todas partes una idea del Bien Soberano”.
En Mitologías, el signo (ideológico, unidad de lo imaginario) se presentaba como insufrible (predicado ético). A partir de El sistema de la moda (1967) queda claro que es, además, ingobernable. Contra la ilusión (moderna) de que lo imaginario puede ser "controlado" (por la vía de la semiología, del sistema, o de la historia), se sospecha sobre la posibilidad de tal control. Mejor es la huida hacia adelante, hacia “allá”. Y “allá” es, para Barthes, un Oriente idealizado que le entrega la verdad de una humanidad capaz de resistir los embates de la Historia y, sobre todo, el más temible de entre todos ellos: el final de la historia y la consecuente naturalización (animalización) de la especie humana.
Lo “milenario” le permite a Barthes, en El imperio de los signos (1970), su libro peor leído (tal vez porque siendo el más distinto de todos lo que hasta entonces ha ensayado, es el que parece más tonto), pasar del signo singular y pleno a los signos plurales y vacíos. En términos históricos, es la supervivencia de los fantasmas (o imágenes) a través del tiempo, más allá de la lógica de inscripción prevista por Marx. Ya no se trata de "la conciencia burguesa" sino de "la conciencia", pero (sobre todo) de su radical exterioridad.
El satori, escribe Barthes, es un pequeño seísmo (conmoción y sacudida de la persona), y el zen un acto de conocimiento sin sujeto cognoscente y sin objeto de conocimiento. Oriente, que por suerte no ha tenido su Hegel (y que tampoco ha tenido Dios), ignora la identidad total del sujeto y del objeto que sería el resultado de la teleología histórica; más bien vacía de antemano esas categorías.
Es el pasaje (decisivo) del habla ("El mito es un habla") a la escritura (la inscripción): la comida, la gestualidad, todo es del orden de la escritura (de lo escribible) y lo es en tanto y en cuanto suspende el habla. Comida: fragmentos, musicalidad (ritmo), apertura, suspensión del sistema -lo crudo/ lo cocido, lo frito/ fresco (tempura). Pero también el pasaje del lenguaje a la voz como punto de juntura entre la conciencia y el cuerpo: lo imaginario, el lugar donde se tocan lo real y lo simbólico y que excede a ambos registros.
En El sistema de la moda, Barthes reclamaba que se leyeran sus escritos como “las tribulaciones de un aprendizaje". ¿Qué aprende Barthes en El imperio de los signos? La experiencia del afuera, que es una experiencia total de esnobismo en estado puro, que ha creado disciplinas negadoras del dato “natural” o “animal”, que ha sobrepasado con mucho en eficacia a aquéllas que nacía, en Japón o en otros lugares, de la Acción “histórica”, es decir, de las luchas guerreras o revolucionarias o del Trabajo forzado.
Podría glosarse la experiencia de Barthes y de El imperio de los signos con palabras de su amigo Michel Foucault: se trata de una “pura exterioridad desplegada” en la que el responsable del discurso no es el sujeto que habla sino “la inexistencia en cuyo vacío se prolonga sin descanso el derramamiento indefinido del lenguaje”, “alejándose lo más posible de sí mismo. Y si este ponerse fuera de si pone al descubierto el propio ser, esta claridad repentina revela una distancia más que un doblez, una dispersión más que un retorno de los signos sobre sí mismos”.
Es verdad que esas cumbres (no igualadas en ninguna otra parte) del esnobismo específicamente japonés han sido patrimonio exclusivo de los nobles y de los ricos. Pero, a pesar de las desigualdades económicas y sociales persistentes, todos los japoneses, sin excepción (las palabras son de otro viajero ilustre, Alexandre Kojève, pero los subrayados son míos), son capaces en la actualidad de vivir en función de valores totalmente formalizados, es decir, vacíos por completo de cualquier contenido “humano” en el sentido de “histórico”.
Desde entonces y hasta su último curso (La preparación de la novela, la mitad del cual está consagrado al haiku japonés), Roland Barthes no cesará de investigar esas formas totalmente vaciadas de historicidad (en el sentido hegeliano) como variables y reglas para organizar la vida en común y la cohabitación (la comunidad más allá del comunismo).
Es sobre todo a partir de Fragmentos de un discurso amoroso (1977) donde Barthes desarrolla ese proyecto (antimoderno) hasta sus últimas consecuencias. Hay allí, como en El imperio de los signos, un abandono de la theoria (el estructuralismo, al que le dedicó sus mayores esfuerzos y le regaló todo su brillo) en favor de lo di-verso (lo imaginario, como diversión, es lo que escapa y se resiste al mismo tiempo a lo simbólico y a lo real, ese imposible), lo imaginario es lo que fluye en nosotros y nos arrastra. “No suprimir el duelo (la aflicción) (idea estúpida del tiempo que abolirá) sino cambiarlo, transformarlo, hacerlo pasar de un estado estacionario (estasis, nudos en la garganta, recurrencias repetitivas de lo idéntico) a un estado fluido”, escribirá Barthes sobre la experiencia de su madre muerta. Hacer que los signos fluyan es liberarlos del estereotipo.
No se trata de situarse fuera de lo imaginario para denunciar sus engaños, sino de operar desde su interior (la oposición entre décomposer y détruire, tan característica de Barthes, es correlativa de ese propósito) y, de ese modo, superar la coacción de dos formas de saber: el saber de la estructura (propia de la primera parte de su obra), y el saber de la muerte (que domina La cámara clara y, ahora, las anotaciones de Diario de duelo). En ese sentido, Roland Barthes usa el fragmento y el "como si" como herramientas de investigación: hacer como si fuera "un enamorado el que habla y dice" (el epígrafe de los Fragmentos) permitiría sostener un discurso riguroso de lo imaginario en lo Imaginario. En ese punto, no es casual la recuperación de Sartre, a quien Barthes homenajea cada vez que puede.
En sus últimos cursos en el Collège de France (Cómo vivir juntos, Lo neutro, La preparación de la novela), contemporáneos del duelo por la madre muerta, Barthes está inmerso en una indagación sobre lo Neutro que es, también, una experiencia del afuera: no se trata de optar, sino de suspender toda resolución entre dos opciones. No se trata, por lo tanto, de lo "verdadero" y lo "falso" de las imágenes, porque el imaginario, en su perspectiva, ya no funciona como discurso sino como práctica. Y no se trata tampoco de un régimen de la negación como la dialéctica (que el primer Barthes había adoptado de Brecht, pero que ya ha abandonado en estos años), ni de la transgresión (cuya lógica verificaba como cada vez más hegemónica en la cultura industrial, de la que fue uno de sus grandes analistas: Mitologías), sino de algo (la sobria ebrietas) que involucra una recuperación de la ascesis como soporte de una ética.
Los signos ya no ocultan nada, porque están vacíos: son claros, transparentes, si es que uno es capaz de despegarse del “estorbo de lo visual” y escucha sus voces. Los signos son la pura exterioridad desplegada de la conciencia. El dolor (la pena amorosa o el duelo por la madre muerta), como signo, no es sino la forma de una experiencia radical de conocimiento, el índice “de una domesticación radical y nueva de la muerte; pues, antes, sólo era saber prestado (torpe, venido de las artes, de la filosofía, etc.), pero, ahora, es mi saber. No me puede hacer mucho más daño que mi duelo”.
El último proyecto de Barthes, que no pudo completar porque cometió la imprudencia de dejarse atropellar por una camioneta de lavandería, se llamaba Vita Nova (1979) y en el Diario de duelo (texto establecido y anotado por Nathalie Léger) pareciera que ese proyecto se inscribe en la “futuromanía” (“construcción enloquecida del porvenir”) que sufrimos “en cuanto alguien está muerto”.
Es importante retener esta tensión, porque Barthes no se imaginaba a si mismo como un eterno doliente, aunque sabía que la muerte de su madre (intolerable como fue para él) debía ser asumida día a día y hasta sus últimas consecuencias. Las fichas en las que registra su dolor (“al tomar estas notas, me confío a la banalidad que está en mí”) son, para Barthes, una experiencia de discurso: sí, él sufre, pero sobre todo: él escribe que sufre (como el enamorado de Fragmentos) y la escritura le garantiza un doble acceso al dolor: como vivencia y como material analítico.
En el dolor (ese satori) no hay que leer la identidad entre sujeto y objeto (“a partir de ahora y para siempre soy mi propia madre”), sino una experiencia radical del afuera, la suspensión entre sujeto cognoscente y objeto de conocimiento, y por eso los roles pueden invertirse como manera de pensar un futuro (una ética y una política) para el dolor: “Hablar de mamá: ¿y qué, Argentina, el fascismo argentino, los encarcelamientos, las torturas políticas, etc.? Eso la habría herido. Y la imagino con horror entre las mujeres y madres de los desaparecidos que se manifiestan por aquí y por allá. Cómo habría sufrido si me hubiese perdido”.
No sabemos qué habría hecho Roland Barthes con estas fichas y anotaciones pero sin duda tienen la fuerza (porque dicen “la naturaleza abstracta de la ausencia”) de “lo novelesco sin la novela”, ese empecinado proyecto de destitución en el que a Roland Barthes se le fue la vida, y de la praemeditatio malorum, ese ejercicio de los estoicos en el que el sujeto de la escritura se obliga a vivir la propia muerte. Eso es la muerte de la madre, para Barthes (y, también, la literatura): un ejercicio ascético de premeditación mortuoria y, como tal, el soporte de una ética preocupada por la comunidad de los ausentes, nuestros muertos, de quienes sólo nos separa el tiempo.
viernes 13 de noviembre de 2009
Descansa en paz
Lo despediremos en la sala Augusto R. Cortazar de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, a partir de las 21.30 hs. de hoy y hasta las 16 hs. del sábado 14 en que será trasladado al cementerio de la Chacarita.
jueves 12 de noviembre de 2009
Dicen que...
A literatura é um arquivo
(Os Fantasmas de Link)
por Raúl Antelo
O conceito que, portanto, Link nos propõe em Fantasmas, abertamente apático, acefálico e minotáurico, me permite dizer que o fantasma não é o relato mas é a preparação do relato, ele não é vida, vivência, mas passagem da vida à obra que, ao ser in-operante, torna-se texto e assim nos permite associar o fantasma em questão daquilo que Alain Badiou chama de preparação figural. Não é, portanto, a preparação para o romance entendido como fábula moralizante mas a preparação para a figura entendida como ficção, como máscara, como persona. Não é Link mas um linkillo. Com efeito, em Pequeno manual de inestética, ao analisar a escritura de Beckett, Badiou se detém em Worstward Ho (1983), relato traduzido ao francês como Cap au pire, um relato de l´autre cap, acéfalo.
(...)
A conclusão é clara. Assim como Greco é cinematográfico, Eisenstein é becketiano e aquilo que o diretor russo destaca, no pintor espanhol, seu manejo da montagem, sua perícia no recorte, na miniaturização e serialização de imagens, são a rigor formas de colocar a arte à altura de uma época de reprodução disseminada. Ora, outra não é a proposta de Daniel Link. Não me refiro apenas à prosa omnívora (Laura Isola) de Los años 90, La ansiedad ou La mafia rusa, suas experiências declaradamente narrativas. Mas destaco, entretanto, o fato de que, até mesmo nos livros mais cerradamente “acadêmicos”, Link, condenado pelo nominalismo a ser montagem, nexo, concomitância, responde à montagem literária por zapping e rewind, por corta-e-cola. Os seus textos, nem inteiramente aulas, nem completamente de blog, basculam assim nessa ambivalência fantasmática do não-sujeito do político, alguém que já não é tão estranho para muitos, como Pezzoni era, porque agora sabemos, através de linkillo, onde foi, o que comeu, ou com quem dançou Daniel Link; alguém que não é um inimigo, porque, a diferença dos intelectuais modernos, como Viñas, Link não faz de uma causa um comício, e alguém, enfim, que nem mesmo quer ser um amigo, mas adora posicionar-se como um não-amigo absoluto, como uma forma misteriosa e inquietante de presença política. Esses são os Fantasmas de Link.
miércoles 11 de noviembre de 2009
Wormhole
Si mis lectores quisieran manifestar sorpresa ante un deslizamiento semejante, les recuerdo que la significación es toda ella del orden del desliz (o de la libre flotación, pero el tiempo no estuvo lo suficientemente católico como para poner a prueba mis débiles pericias natatorias).
La Isla de Santa Catarina, lo sabe cualquiera, es un punto cósmico privilegiado para deslices y desplazamientos de todo tipo y en todos los órdenes. El Dr. Raúl Antelo, de quien se dice que es como el Emperador Intelectual de esa Barataria transtordesillana, tuvo a bien revelarme las claves parciales de su sabiduría, luego de reprocharme públicamente un desdén hacia Borges que, por cierto, nunca supe que cultivaba y que me apresuré a negar (sin éxito) ante sus súbditos.
Notorio archivista, siempre nos hemos preguntado cómo es que Antelo hace para estar al tanto de todo, disponer de todos los materiales, de todas las fichas, y acceder a todos los más preciosos e ignorados textos que se guardan en las más oscuras bibliotecas. ¿Es que acaso, nativo como es de Barracas, él se llevó el Aleph consigo al exilio (fue siempre la pregunta hipotética que en vanas noches de adivinación intentábamos contestarnos)?
No me fue ordenado que guardara silencio al respecto, de modo que puedo revelar el secreto sin culpa alguna: la Isla de Santa Catarina es ella misma un umbral de transformaciones, una rajadura en el contínuo espacio-temporal por donde se accede a realidades alternativas ("el ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve", me susurró Antelo antes de llevarme a uno de sus portales predilectos).
La operación no puede ser más sencilla (aunque requiere de un cómplice). Basta con pararse frente al portal elegido, simular una pose convencional y esperar que el cómplice finja tomar una foto incomprensible para cualquier desprevenido (estará, en realidad, accionando un dispositivo de una complejidad ajena a nuestra capacidad de comprensión que abre y cierra la fisura cósmica en lo que dura un parpadeo). Curiosamente, el regreso no necesita de gadget alguno: basta (como puede observarse) con hacer girar el anillo mágico en sentido contrario a las agujas del reloj y uno vuelve al punto de partida.
Sí, ahora sabemos cómo y por qué la sabiduría de Antelo no es de este mundo. Son retazos que él va juntando de sus experiencias en las realidades alternativas, donde los archivos a veces son los mismos que en la nuestra, pero a veces no. Henos aquí frente al portal que comunica con... ¿hace falta seguir? Yo estuve allí, estuvimos juntos, donde todo es casi como el mismo lugar en nuestra realidad, aunque levemente distorsionado.

(continuará)
martes 10 de noviembre de 2009
lunes 9 de noviembre de 2009
Zeitgeist
por Daniel Link
Histoire(s) du cinéma de Jean-Luc Godard1, por su mismo carácter de archivo, podría considerarse el índice (glamoroso) de una muerte anunciada repetidamente: la muerte del autor, la muerte del arte (el fin de toda ilusión autonomista) y, naturalmente (una cosa no puede sino ser la consecuencia de la otra), el Fin de la Historia. Su mismo título (que tanto quiere decir La historia de la cinematografía, Las historias del cine, Historias de cine e, incluso, El cuento del cine) parece referirse a una patraña ya insostenible.
Íntegramente compuesta por citas de la historia del séptimo arte, letreros y un audio que oscila entre el poema, el relato, la música y el silencio, Histoire(s) du cinéma concluye con un diagnóstico según el cual el presente es el resultado de una catástrofe. En la sección 4B (el final), Godard dice:
Para mí es un privilegio filmar y vivir en Francia en tanto que artista: nada como un país que baja cada día un escalón en la vía de su inexorable declinar. Nada mejor que una región cada vez más provinciana, dirigida por los equipos rotativos de los mismos incapaces , deshonestos (en imágenes: las líneas de una mano y el cartel “les signes parmi/ parnous”), y todos corrompidos por su apoyo a un régimen de total y permanente corrupción. ¿Qué sería preferible a este habitáculo sobre una tierra en la que la justicia se parece al peor bazar? ¿Qué artista no soñaría con tal nación? (...)
Sí, es de nuestro tiempo que soy el enemigo huidizo. Sí, el totalitarismo del presente, tal y como se aplica mecánicamente, cada día más opresor a nivel planetario. Esta tiranía sin rostro que los borra a todos en beneficio exclusivo de la organización sistemática del tiempo unificado del instante. A esta tiranía global y abstracta, desde mi punto de vista huidizo, trato de oponerme.
Porque yo intento en mis composiciones mostrar una oreja que escuche el tiempo, y trato también de hacer que se entienda, y de que surja entonces en el futuro la muerte que está ya incluida en mi tiempo.
En efecto, yo no puedo sino ser el enemigo de nuestro tiempo, puesto que su tarea apunta precisamente a la abolición del tiempo, y de ahí que yo no vea que en este estado una vida merezca ser vivida.
Enemigo de una época que se reconoce simultáneamente como propia y como impropia (porque lo característico de lo contemporáneo tal vez sea su persistente anacronismo, su inactualidad), Godard introduce al mismo tiempo un conjunto de categorías, la "vida indigna de ser vivida" (sobre la que no podré detenerme) y el "totalitarismo del presente", la "tiranía global y abstracta" que opera "a nivel planetario", la abolición radical de la temporalidad histórica, y la muerte. Entre esas categorías, qué duda cabe, el presente juega su suerte de milenarismo y mundialización, y cada una de esas nociones se implica en las demás: el presente (mundial) es presentado (imaginado) como totalitario porque ha dejado de escuchar (o porque ha abolido) el tiempo; en las tensiones del presente está prefigurada la muerte, es decir: la corrupción de la Historia y, en particular, de la historicidad del cine.
Pero tal vez sea conveniente seguir la voz de Godard, la voz de Histoire(s) du cinéma:
Cuando un siglo se disuelve lentamente en el siglo siguiente (en imagen: capítulo 4B superpuesto a “Histoire(s) de cinémoi”), algunos individuos transforman los medios de superviviencia antiguos en medios nuevos. Son estos últimos los que llamamos arte. La única cosa que sobrevive (en imagen: “Les signes”) a una época, tal cual, es la forma de arte que se ha creado para si (en imagen: “parmi/ nous”). Ninguna actividad se convertirá en arte antes de que su época haya terminado. Después, este arte desaparecerá. Es así que el arte del siglo XIX, el cine (en imagen: “toutes les histoire(s)”), hizo existir el XX (en imagen: “une histoire seule”) que, por si mismo, existió poco.
En el mismo momento en que el cine de Godard renuncia a la ficción por la vía del archivo (digital) y el collage, declarando (por lo tanto) la imposibilidad de producir imágenes nuevas, se sitúa al cine como arte de un siglo ya acabado: no el siglo XX, hipótesis trivial, sino el siglo ante-pasado, el siglo XIX, el de las naciones y las revoluciones burguesas, el siglo que no había sido marcado todavía por la conciencia de su propia marcha hacia la nada o por la conciencia de su propia exclusión respecto de los ritmos de la historia, pero tampoco por la posibilidad de que lo Real fuera no UNO impasible (el Espíritu, o sus máscaras) sino la multiplicidad de lo viviente, los juegos de lenguaje y las formas de vida.
Si el siglo XX fue el siglo del cine, lo fue sólo porque, de acuerdo con la peculiar versión de Godard, el siglo XIX había ya terminado, liberando todas las potencias de la “narración audiovisual” para su transfiguración en series de imágenes puras y heterogéneas, en impotencias, en medios sin fin. La posición no podría ser más agambeniana.
(...)
Histoire(s) du cinéma ve el cine con ese mismo cristal: si hubo un arte considerado el séptimo, lo hubo precisamente por un conjunto de imposibilidades históricas. Nada más anacrónico (nada más actual), entonces, que el arte postcinematográfico, ese trazo imaginario de la (de una) historia. Al mismo tiempo que los archivos digitales se van constituyendo a velocidad de vértigo, con el cambio de siglo y de milenio, Godard transforma esa masa documental siempre en aumento (y de la que hoy, la misma Histoire(s) du cinéma ya forma parte) en un monumento sobre la digitalización de las imágenes.
Sí, en 1988 ya era posible imaginar Histoire(s) du cinéma, pero sólo en 1998 ese proyecto pudo adquirir su forma definitiva: esos diez años son los que trazan la frontera del cine y señalan su transfiguración: de la época de su reproductibilidad mecánica a la época de su reproductibilidad digital, el punto de juntura de dos culturas (la disolución de un siglo en el siguiente, la desintegración de “este mundo”). De los archivos analógicos a los archivos binarios, de las imágenes y las historias producidas como joyas o talladas como piedras, cada una en su justo lugar, en formación sintáctica, a las imágenes y las historias engarzadas como piezas de un rompecabezas preexistente pero cuya figura final resulta indescifrable. Los signos de una época, dicen las imágenes de Histoire(s) du cinéma, no son la época, sino su monumento póstumo. ¿No es como decir que el cine (en fin, el arte) fue siempre un acontecimiento funerario?
(...)
1Compuesta por ocho secciones distribuidas en cuatro capítulos: Capítulo 1A (Toutes les histoires, 1988, 51'), Capítulo 1B (Une Histoire seule, 1989, 42'), Capítulo 2A (Seule le cinema, 1997, 26'), Capítulo 2B (Fatale beauté, 1997, 28'), Capítulo 3A (La Monnaie de l’absolu, 1998, 27'), Capítulo 3B (Une Vague Nouvelle, 1998, 27'), Capítulo 4A (Le Côntrole de l’univers, 1998, 27') y Capítulo 4B (Les Signes parmi nous, 1998, 38'). La primera sección se estrenó fuera de competencia en la edición 1988 del Festival de Cannes. Nueve años después, en 1997, las cuatro primeras secciones se exhibieron en la sección “Una cierta mirada” del mismo Festival.
Zona de Opacidades Ofensivas
domingo 8 de noviembre de 2009
Luces y sombras

sábado 7 de noviembre de 2009
Preguntan si...
Hace unos días, en http://linkillo.blogspot.com , Daniel Link se preguntaba dónde está la Michetti. No lo sé. ¿Estará en el armario del que precozmente salió Daniel para lucir su pluma inteligente y su plumaje vocacional?
Una pena extraordinaria
jueves 5 de noviembre de 2009
Se viene la indiada...

La Asociación Estación Pringles informa, además, que el concurso NACIONAL de poemas epinicios ha sido prorrogado, a pedido de los adoradores de Free Willy, hasta fin de noviembre.
miércoles 4 de noviembre de 2009
¡Viva el Fin del Mundo!
En una segunda revisión, tras la modificación en el Senado, la Cámara baja dio el visto bueno al proyecto impulsado por el Poder Ejecutivo; los precios de celulares, cámaras digitales y monitores, entre otros, podrían encarecerse hasta un 35%.
martes 3 de noviembre de 2009
Correspondencia
Vejam também o blog http://linkillo.blogspot.com/ Esperamos vocês. Abraços,
lunes 2 de noviembre de 2009
Correspondencia
Latinale 2009 – Festival Itinerante de Poesía Latinoamericana
La cuarta edición de la Latinale presentará del 31 de octubre al 6 de noviembre la apasionante escena de la poesía latinoamericana en la capital alemana. Nueve jóvenes poetas procedentes de seis países latinoamericanos darán a conocer su obra literaria a través de lecturas, performances, discusiones y talleres. Además, tendrá lugar una exposición fotográfica y una proyección de cortometrajes.
El Festival Itinerante de Poesía Latinoamericana llega una vez más a la ciudad de Berlín, y lo hace en esta cuarta edición de la mano de nueve jóvenes autores de Argentina, Bolivia, Chile, Cuba, México y Uruguay, que presentarán del 31 de octubre al 6 de noviembre las nuevas tendencias de la lírica latinoamericana en distintos espacios públicos e instituciones culturales de Berlín.
Bajo el título ¡Versos entre rejas! ¿Poesía sin muros?, los poetas de la presente edición ofrecerán su visión sobre la superación de los muros, en este caso, a través de la poesía. Bajo el lema Poesía circular, el festival llevará su poesía al espacio público por medio de lecturas de los poetas invitados y otros autores alemanes en los vagones del tren urbano berlinés “Ringbahn”.
La Latinale supera fronteras, no sólo en la poesía a través de las palabras, sino también, con la ayuda de imágenes, música y películas. Además de las lecturas, se presentarán en el Instituto Cervantes la muestra de “películas poéticas” ¡Ojo, poesía! Asalto a la pantalla y la exposición fotográfica Latinale iluminada, en la que se mostrarán retratos de los participantes de pasadas ediciones.
Asimismo, tendrá lugar un taller de traducción, en el que estudiantes de la Universidad Libre de Berlín tendrán la oportunidad de trabajar las traducciones de los textos con los poetas de la Latinale 2009. En la Casa de Literatura Lettrétage y el Instituto Ibero-Americano se desarrollarán una serie de mesas redondas con editores, traductores y amantes de la poesía.
Programa:
| Sábado, 31. 11, 14–17 horas | Taller de traducción en el Lateinamerika Institut de la Universidad Libre de Berlín |
| Domingo, 1.11, 13 horas | Lectura en el Ringbahn (tren urbano circular) Encuentro a las 13 horas en el Instituto Cervantes de Berlín |
| Lunes, 2. 11, 19 horas | Charla en el Instituto Ibero-Americano de Berlín TrasLados: ¿Somos todos del mismo barrio? |
| Miércoles, 4.11, 20 horas | Lectura en el Salón de literatura Léttretage Junge Lyrik aus Lateinamerika |
| Jueves, 5.11, 19:30 horas | Lectura en el Instituto Cervantes de Berlín ¡Versos entre rejas! Mauerlos Poesie? Exposición: Latinale iluminada |
| Viernes, 6.11, 19:30 horas | Lectura en el Instituto Cervantes de Berlín Poesía circular Poetryfilms: ¡Ojo, poesía! Asalto a la pantalla |
Más detalles sobre la programación y los poetas de la Latinale 2009 en www.cervantes.de y http://latinale.blogsport.de.
Un cordial saludo,
Paula Casado
Dpto. de Prensa
Instituto Cervantes Berlin
El maleficio de la mariposa
La circunstancia obliga a re-examinar las razones del asesinato del poeta y, también, algunos aspectos de su vida.
En sus años escolares le decían Federica, y la prensa de derecha se refería a él, cada vez que querían desacreditar a La Barraca, la compañía teatral que fue una pieza central de la política cultural de la República Española, como Federico García Loca.
Hijo de Vicenta Lorca y Federico García Rodríguez, el que estaría llamado a convertirse en “el poeta español más leído de todos los tiempos” nació un 27 de agosto de 1897 como Federico del Sagrado Corazón de Jesús. Ya adulto, Lorca, cuya pasión por la mentira corría pareja con su pasión por la poesía, la música y el folclore, echó a correr la especie de que no había caminado hasta los cuatro años como consecuencia de una grave enfermedad.
Lo cierto fue que el niño tenía grandes pies planos y la pierna izquierda ligeramente más corta que la derecha, defectos que “con el tiempo, prestarían a su manera de andar un característico balanceo o cimbreo corporal” (como nos informa Ian Gibson en su monumental biografía, Federico García Lorca).
Desde el comienzo, Lorca, que ha nacido apenas treinta años después de que por primera vez en la historia de Occidente se imprimiera la palabra “Homosexualität” en un folleto militante, marcha con su andar de pie quebrado hacia lo queer.
Toda la historia de la poesía de Lorca puede leerse como un combate contra los monstruos infernales y hay un compuesto indiscernible entre autoctonía, sexualidad, naturaleza y cultura que es lo que podríamos reconocer como propiamente lorquiano.
Lábdaco (padre de Layo) quiere decir “rengo”, Layo (padre de Edipo) quiere decir “pie torcido”. Edipo quiere decir “pie hinchado”. Es con esa serie de nombres prestigiosos, en los que la persistencia de la autoctonía humana se inscribe directamente en el cuerpo y el andar (la imposibilidad de salirse totalmente de la tierra), con los que Lorca establece una relación de linaje.
Lo ctónico se opone a lo olímpico como el inframundo se opone a lo celestial.
Es posible glosar el mito de Edipo de muchas formas, pero la lectura que más conviene retener y relacionar con la obra de Lorca es la que lo reconoce como una suerte de instrumento lógico que permite articular una respuesta a la pregunta inicial: “¿se nace de uno solo, o bien de dos?”, y a la pregunta derivada: “¿lo mismo nace de lo mismo o de lo otro?”.
Lo que se llama queer no es sino una etiqueta (la última) para una pregunta radical sostenida en el murmullo de los pájaros: ¿lo Real es Uno o Múltiple? ¿Somos verdaderamente libres o el efecto de un sistema de clasificación sistemática que nos precede?
Siendo niño, viví en pleno ambiente de naturaleza (…). En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento, al pasar por entre sus ramas, producía un ruido variado en tonos, que a mí se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos. Otro día me detuve asombrado. Alguien pronunciaba mi nombre, separando las sílabas como si deletreara: “Fe… de… ri… co”. Miré a todos lados y no vi a nadie. Sin embargo, en mis oídos seguía chicharreando mi nombre. Después de escuchar largo rato, encontré la razón. Eran las ramas de un chopo viejo que, al rozarse entre ellas, producían un ruido monótono, quejumbroso, que a mí me pareció mi nombre.
¡Cuántos encantos
tiene tu barba,
tu frente ancha,
rudo Don Juan!
¡Qué gran acento el de tu mirada
mefistofélica
y pasional!
(...)
Tu sed de sexo
nunca se apaga;
¡bien aprendiste
del padre Pan!
Todavía no muy lorquiano, el poema muestra la evidente inclinación uranista del joven granadino. Más importante es notar la aparición del aker de los aquellarres. Salido del infierno, mefistofélico, el aker de Lorca abre la puerta de la fragua por donde entrará la omnipresente luz lunar (“la luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos”). Lorca sacará a la luna de la tradición tardoromántica y la reintegrará a la tradición celtíbera: el plenilunio de la Turdetania, las comunidades imposibles, las sociedades secretas y los rituales anticristianos de regeneración del mundo son los puntos irisados que organizan la constelación de autoctonía y sexualidad, lo queer de Lorca. La luz lunar, cuyo predicado es el neutro, aparecerá reflejada en los pozos donde duermen su sueño los niños insepultos (sacrificios en altar y sacrificios en pozo se oponen como lo olímpico y lo infernal).
El último poema “estadounidense” de la extraordinaria conferencia “Un poeta en Nueva York” (el libro fue publicado después del asesinato de Lorca) es precisamente “Niña ahogada en un pozo”, que opone infancia y género, es decir: el yo sexuado y el yo de la infancia. La niña de la infancia, Federica, vuelve como la Samara de The Ring a cobrar el precio del sacrificio ctónico. Lo que además regresa en ese poema último de un ciclo es el estribillo, el ritornello del agua que no desemboca. Al agua fija en un punto (el pozo) se opone el agua corriente, como lo Uno de Parménides se opone a lo Múltiple de Heráclito. La niñez estancada contra la niñez que fluye hacia lo múltiple (vegetal o animal): el llamado de la naturaleza y la fuerza de la autoctonía. Así sostiene Lorca un imaginario (homo)sexual, luego de haber atravesado todas las etapas de su pensamiento y ensayado todos los estilos de escritura.
Lo colectivo En 1922, Lorca pronuncia una conferencia en el Centro Artístico de Granada: “El Cante Jondo. Primitivo canto andaluz”. Es, una vez más, el encuentro con la fatalidad de lo autóctono, pero elevado ahora a programa estético. La pena, dice Lorca, no es del sujeto que canta, sino del género y, por esa vía, se instaura una cosmogonía cuyo contenido (y cuya expresión, porque son indiscernibles) es la “nostalgia de lo autóctono”. Mucho más adelante, en 1931, Lorca dirá:
Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío… del morisco, que todos llevamos dentro.
Se trata, ya, de sostener un proceso de desidentificación que implica abrazar una causa, la causa de “los perseguidos” que son, con más precisión, los raros o fuera de clasificación. Lo que canta, lo que habla en Poema del Cante Jondo no es un individuo sino un colectivo indefinido: “el alma andaluza” de naturaleza trágica. Autoctonía y tragedia son el fondo común que encuentra Lorca en las coplas del Cante Jondo: “El Amor y la Muerte…, pero un Amor y una Muerte vistos a través de la Sibila, ese personaje tan oriental, verdadera esfinge de Andalucía”. Es el regreso de la esfinge, el monstruo ctónico de Edipo, que vuelve para plantear el enigma de lo Múltiple en lo Uno: no la culpa del desvío, sino una ética del abandono y la disidencia; no una política de la reproducción familiar, sino la pandemia del contagio.En la “Oda a Salvador Dalí”, publicada en 1926, Lorca anota lo que constituirá una de sus obsesiones en los años siguientes:
¡Oh Salvador Dalí de voz aceitunada!
Digo lo que me dicen tu persona y tus
cuadros.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
Pero canto la firme dirección de tus flechas.
Además de algunos dibujos y cartas dirigidos a Lorca (“¿No habías pensado en lo sin herir del culo de San Sebastián?”), Dalí le dedica en 1927 el extraordinario texto Sant Sebastià, que hace de la figura del mártir una máquina célibe y a partir de la cual desarrolla un elogio de la objetividad y la apatía estéticas, en una dirección que parece contraria a la que Lorca había apuntado en su Oda, al colocar al pintor en el lugar del arquero y a si mismo en posición de víctima sagitaria (en los recuerdos de Dalí, era Lorca quien pretendía sodomizarlo).
En la conferencia “Un poeta en Nueva York”, Lorca escribirá, por única vez, el nombre de la figura que, en su perspectiva, sella la nueva alianza entre lo ctónico y lo poiético: “Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de San Sebastián”, escribe sin más aclaración y totalmente fuera de contexto. Esa inesperada aparición de aquel cuyas glorias cantaron no sólo los grandes pintores europeos del Renacimiento al Barroco (quiero decir: todos ellos) sino, también, Marcel Duchamp y T. S. Eliot, es la clave de la articulación en la que está pensando Lorca, el fundamento de lo queer, la voz que le viene, ahora, a la vez de la tierra y del cielo. Un llamamiento simultáneo al martirologio y a la desclasificación.
Clases El primer poema que Lorca escribió en Nueva York fue “Oda al rey de Harlem” donde reaparece la noción de “raza maldita”, la amplificación del tema gitano, y, a partir de ese impulso de universalización de motivos autóctonos, un postulado de identificación con esas comunidades imposibles en las cuales no se puede reconocer al semejante porque no hay identificaciones sino sencillamente multiplicidades.
Lorca desarrolla en el más impresionante poema (“Oda a Walth Withman”) del que será su último libro de poemas planeado como tal una teoría de la (homo)sexualidad natural (“un desnudo que fuera como un río”) en oposición a una (homo)sexualidad producida socialmente (“pantano oscurísimo donde sumergen a los niños”), donde el agua estancada y el agua que fluye adquieren nuevas connotaciones sin desprenderse de las que ya formaban una constelación omnipresente en su obra.
En Cuba, donde se detiene luego de su período neoyorquino, escribe El público, donde se lee la sorprendente sentencia: “El ano es el fracaso del hombre, es su vergüenza y su muerte” que, si bien es expresión de un ataque de pánico homosexual que parece continuar el diálogo con Salvador Dalí, también puede interpretarse ya como una teoría del descentramiento y la desclasificación queer en la línea en que lo planteará Severo Sarduy en sus escritos.
Es en Cuba donde finaliza también la “Oda a Walth Withman”, poema didáctico-doctrinario que vuelve a superponer lo natural y lo construido, lo autóctono y lo celeste, el Sagrado Corazón y el macho cabrío, para excluir del festín de la vida (la “bacanal” de la que participan “los confundidos, los puros,/ los clásicos, los señalados, los suplicantes”) únicamente a los “maricas de las ciudades”, “esclavos de la mujer”, “perras de sus tocadores”.
Yo quisiera rescatar a Lorca de estas últimas y penosas palabras que parecen más bien pronunciadas para agradar a sus enemigos (Buñuel y la Falange) que para sostener un proyecto de vida y de arte, un arte de vivir, y de vivir juntos.
Quisiera poder decir que cuando Lorca escribió “¡No haya cuartel!” y “¡¡Alerta!!” no quiso sino alertarnos contra el poder de la normalización, contra el poder de los sistemas clasificatorios que, a través de la injuria, construyen modelos de comportamiento aberrantes que sólo pueden comprenderse como espejos de agua podrida.
Sé que la delicadísima estructura de su obra, su agónica marcha hacia la felicidad (como cosa colectiva), su confianza ciega en el llamado de la naturaleza y en la poesía como respuesta a esas voces que decían su nombre, su compasión por las niñas enterradas en los pozos y los plenilunios precristianos (prehumanistas) que él rescató de la barbarie, así lo autorizan.
La Sagrada Familia celestial, lo comprendió Lorca con una intuición que no alcanzó a desarrollar antes de que lo asesinaran (y lo asesinaron, entre otras cosas, para que no alcanzara a desarrollar esa intuición), no es nada sin San Sebastián, ese abandonado en la Cloaca Máxima: carece de sentido.
Pero prefiero no poner a Lorca en el lugar de su posteridad. Lo leo en el instante en que él sabe que va a morir, como lo sabe del niño músico y poeta que fue, cuya imagen de pie quebrado entrevé en un pozo de agua que no desemboca, víctima de una política de exterminio. Lo leo en el instante en que elige el desorden y se ofrece como víctima de los sistemas de clasificación, en el instante en que lo queer no tiene todavía un nombre y, por eso mismo, tampoco programa ni destino (“Nueva York (oficina y denuncia”) en Poeta en Nueva York:
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Recuadro:
El biografismo conduce a lo peor
El hispanista irlandés (naturalizado español) Ian Gibson, biógrafo de Federico García Lorca, ha declarado que devolverá la Medalla de Andalucía que le fuera concedida en 1998 si los restos del poeta no son identificados tras la apertura de la fosa en la que supuestamente se encuentran.
Además de su monumental biografía, Federico García Lorca (Crítica, 1988), Gibson acaba de publicar “Caballo azul de mi locura”. Lorca y el mundo gay (Planeta, 200), un libro patético (ya desde su título) que pretende desentrañar “el drama del gran poeta del amor oscuro enfrentado a una sociedad machista e intolerante” y que, si bien agrega material biográfico de interés, es totalmente impotente a la hora de reconstruir el pensamiento que Lorca sobre la sexualidad, planteándolo como una mera víctima de su propio deseo.
Lorca pudo haberse imaginado víctima(aunque sus textos son bien explícitos en cuanto a su colocación como mártir, pero lo cierto es que su obra nos importa (debería importarnos) como desarrollo de un pensamiento. Gibson opera sobre los textos de Lorca (a los que tergiversa hasta el absurdo) como si estos fueran sólo efecto del deseo y no del pensamiento.
Sigmund Freud, famoso por mucho más que la frase “He triunfado allí donde el paranoico fracasa”, estableció cierta relación entre la teoría (heterosexual) y la práctica (homosexual). La primera es la verdad sobre la segunda.
Inspirado por la misma equivocación, Gibson (que lamenta en el prólogo del libro “la triste muerte” de su hermano, que “padeció el calvario de descubrirse gay”) se dedica a demostrar lo obvio, la homosexualidad del individuo social llamado Lorca, al que victimiza (la “causa” de que Lorca viaje a América es Emilio Aladrén, el “malo” en el melodrama barato urdido por Gibson, etc...). Para justificar una versión tan disparatada (y tan desinformada) de cómo puede funcionar la “vivencia homosexual” en contextos de injuria, Gibson se dedica, página tras página, a tergiversar los textos de Lorca, a los que atribuye fatigados “simbolismos” de la más dudosa calaña.
Para muestra, basta un botón, su lectura del poema “Tu infancia en Menton” que, efectivamente dedicado a Alardén, es, antes que nada (y, por eso mismo, un poema magistral), la experiencia sensible de un viaje nocturno en tren (la iluminación y el traqueteo de los versos, aspectos a los que Gibson es totalmente insensible). El verso “el tren y la mujer que llena el cielo” revela, para el biógrafo desbocado, no la presencia de la omnipresente luna lorquiana, sino la “de la mujer rival” (Alardén tenía novias), “imaginada como enorme por la amenaza que constituye para el yo”. Corramos un tupido velo de pudor sobre los dislates del condecorado crítico y agradezcámosle, eso sí, sus preciosos documentos.
*Se reproducen aquí algunos tramos de la intervención que con el título "Lorca queer" leí en el Coloquio sobre Estudios Queer celebrado en la Facultad de Humaniddes y Ciencias de la Educación el 30 de noviembre de 2007.
domingo 1 de noviembre de 2009
sábado 31 de octubre de 2009
La infancia subsidiada
viernes 30 de octubre de 2009
Terapia intensiva
El universo de Copi es un teatro general de la transexualidad. La puesta actualmente en cartel de Una visita inoportuna (desquiciada como es) acierta por lo menos en el protagonismo que le otorga a uno de los monstruos mayores del espectáculo argentino, la Sra. Casán, un ser más allá de los generos.
Premonición En Clases. Literatura y disidencia (2005), señalé que "Por lo general mal leídas, las obras de Copi (que nacen de la escena contracultural de los años setenta pero reclaman otra escena y otros públicos) han sido destinadas al placer de unos pocos iniciados". Seis años antes me había preguntado públicamente por primera vez “¿cuál es el público más adecuado para una obra como Cachafaz?, ¿dónde se podría poner Cachafaz para que no sea un happening, para que suceda efectivamente algo?”. Mi respuesta era sencilla: “Es una obra para llevar a las villas y a las fábricas. El lenguaje que utiliza, el universo que evoca es inmediatamente inteligible por un público popular, lo de Darío, la forma es lo primero que llama a las muchedumbres”.
Cachafaz todavía espera esa transmutación pero, mientras tanto, once años después de aquel sueño en alta voz, Una visita inoportuna, la última pieza del más grande dramaturgo argentino de todos los tiempos (y uno de los mejores novelistas del siglo XX) fue estrenada hace dos semanas en la Ciudad Cultural Konex con Moria Casán en el papel de la enfermera María Julia Bongó.
Copi Una visita inoportuna es la última obra dramática de Copi porque en ella el protagonista (como el autor) agoniza, víctima de Sida ("qué enfermedad sublime", le dice una de sus visitas). Pero además, la pieza cierra el ciclo abierto por Eva Perón (1970), donde la protagonista, que debiera estar agonizando, en verdad ha urdido un plan malévolo para huir con sus joyas y simular su muerte, dejando en su lugar el cadáver de la enfermera, a la que asesina.
De acuerdo con la lógica de Copi (cuya obra es, antes que nada, una investigación sobre lo viviente y las formas de vida), todo hace prever que "la muerte" no sea sino un pormenor más o menos lacónico del cual será posible reponerse de un modo o de otro. De hecho, el protagonista de Una visita inoportuna muere dos veces en el escenario. La primera vez, aparentemente, ha sido una puesta en escena. ¿Pero acaso la segunda no lo es también?
Durante una tarde, el protagonista de Una visita inoportuna, Cirilo, recibe la visita de un viejo amigo, Huberto, de Regina Morti, una cantante de ópera que lo acosa a través de los años, y un periodista que no es tal, sino el hijo que ha tenido (sin saberlo) con la hermana de su amigo. Completan el círculo de interlocutores la enfermera que lo cuida y el siniestro médico que está a cargo de su sobrevida. A diferencia de Eva Perón (que continúa sin haber sido estrenada en Argentina), Una visita inoportuna fue puesta varias veces en Buenos Aires con resultados desparejos. La última versión es, sin dudas, la más extravagante.
Moria La Sra. Casán no tuvo un año tranquilo. Luego del desafortunado entretenimiento veraniego What pass, Carlos Paz?, la estrella tuvo un brote psicótico que la arrastró a mil cruces públicos de palabras con sus colegas y, luego de autoimponerse una rinoscopía pública, parecía que la diva ya no podría recuperarse de la curva de decadencia de la que parecía presa. Pero no se es una estrella por azar y por capricho (ver recuadro) y el final del que tal vez haya sido su año más crítico encuentra a Moria Casán protagonizando una versión semimontada de Julio César de Shakespeare y prestando su arrolladora personalidad al personaje de la enfermera Bongó en la pieza de Copi.
En el camarín, la Sra. Casán habla con su ritmo de vértigo característico. La ducha es pésima, parece de Auschwitz. Se quemó viva. Y después el agua salía helada. Se va a quedar sin voz. Está tan contenta de que "Francia me haya elegido". Ahora va a estudiar francés para poder hacer la obra en París, en su idioma original. Copi es un transgresor. El papel de la enfermera parece hecho para ella.
Copi + Moria Fue la hija de la Sra. Casán quien la convenció de que se involucrara en el montaje de Una visita inoportuna. Por cierto, entre la pieza de Copi y la versión protagonizada por la Sra. Casán hay diferencias sustantivas, entre las que hay que destacar el enriquecimiento del rol de la enfermera, que no es la protagonista de la pieza de Copi pero sí la de este montaje. Para conseguir un desequilibrio semejante, el director Stephan Druet hace entrar a casi todos los personajes al mismo tiempo al escenario y allí los deja durante toda la pieza. Lo demás es naturaleza de estrella: los otros actores podrían ser los mejores del mundo (no lo son, ni por asomo), pero la sola presencia de la Sra. Casán en el escenario hace que no haya momento durante el cual el público no la siga con la mirada.
Lo segundo son los musicales (todos ellos pésimos e innecesarios), que transforman la obra de Copi (que es ya de por sí cualquier cosa) en algo muy distinto.
Lo tercero son los parlamentos añadidos y las intervenciones extemporáneas de la enfermera que, justo es decirlo, jamás molestan.
Lo cuarto es la que tal vez sea el mejor momento de la pieza, cuando la Sra. Bongó se ha fumado el opio que le ha regalado el agonizante y, drogada, repite una y otra vez (¿tres, cuatro?) las mismas líneas de diálogo, en una espiral desquiciada que (esta vez sí) liga bien con la lógica de Copi.
Los puristas creerán que Moria no le hace nada bien al teatro, ni a Shakespeare ni a Copi (dos cimas de la dramaturgia occidental), pero lo que se experimenta luego de ver la puesta de Druet (donde los desaciertos superan holgadamente a las ocurrencias felices) es que la colisión del planeta Copi y el planeta Casán ilumina el universo con una luz incandescente sobre la que no hay palabras suficientes para describirla. Todo lo demás es superfluo, sujeto a crítica, reemplazable, olvidable incluso, pero Moria Casán (con todos sus tics y sus excesos de Rita Turdero) llena el escenario por si misma y por si sola. Y hay que decir que el escenario elegido, como la actriz (a sus muchas invenciones lingüísticas hay que agregar ahora el "Mucho be carefull" que le presta a la Sra. Bongó), tiene una boca amplísima.
Como cualquiera, la Sra. Casán sabe que un traspié puede ser fatal (el morior de Moria). Pero sabe también (la razón de la loca así se lo indica) que nada es mejor que saltar desde el suelo para reinventarse. Una visita inoportuna, en la versión que puede verse en la Ciudad Konex, tal vez sea el disparate más grande de la historia teatral, pero allí Copi y la Sra. Casán se potencian mutuamente: de esa colisión planetaria puede resultar el fin del mundo pero, también, un universo nuevo.
Una visita inoportuna
Autor: Copi. Dirección: Stephan Druet. Elenco: Moria Casan, Jean Francois Casanovas, Iván González, Gustavo Monje, Sebastián Galliota y Gabriel Rovito. Vestuario: Renata Schussheim. Música: Gregorio Vatenberg. En cartel hasta el domingo 29 de noviembre en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131), funciones de jueves a sábado a las 21 y los domingos a las 20.
jueves 29 de octubre de 2009
¡Negro de mierda!
Onetti 2009
Este libro es para mí como el fantasma de un mundo perdido.
Las tres partes trazan una travesía por un cuerpo femenino, algo así como un horror del cuerpo femenino: la teta cortada y la Queca, la matriz de Rita con el chivo y la concha inútil de Moncha. En estas partes del cuerpo femenino podría verse la indistinción entre lo sexual y lo textual que postulaba la teoría del texto y la crítica militante de los años setenta.
Tomado de Ludmer, Josefina. "Onetti 2009", prólogo a la segunda edición de Onetti. Los procesos de construcción del relato. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009 (pág. 14)
miércoles 28 de octubre de 2009
Maître à penser
martes 27 de octubre de 2009
La causa justa

Cómo me hice gay...
Un film de Sebastián Freire
Viernes 6 de NOVIEMBRE, a las 22hs.
el día antes a la Marcha del Orgullo Gay, en casaBrandon.
Cortometraje Documental
Duración: 25 minutos
Producción y dirección:
Sebastián Freire
Música:
Gaby Bex
Reparto:
Verónica Amarilla
Sergio Bobadilla
Edgardo Cozarinsky
Anselmo Freire
Federico Giakov
Lisa Kerner
Cecilia Lagomarsino
Daniel Link
Piedad Maestre San Pedro
María Moreno
Pablo Pérez
Betina Porta Fouz
Valeria Ramos
Diego Trerotola
casaBrandon
Luis María Drago 236
lunes 26 de octubre de 2009
15 y treinta
(anterior)
sábado 24 de octubre de 2009
Dos polos
Tal como anticipé hace unas semanas en esta misma columna, el Senado de la Nación se apresta a tratar la Ley que ya cuenta con media sanción de la Cámara de Diputados y que elevará los impuestos de los productos electrónicos que no sean fabricados (o mejor dicho, ensamblados o embalados) en Tierra del Fuego, y que elevará los precios de esos productos (heladeras, acondicionadores de aire, microondas pero, escandalosamente, también computadoras personales y teléfonos celulares) en más de un treinta por ciento.
Una vez que el Senado apruebe el proyecto, la norma deberá volver a la Cámara de Diputados, donde el proyecto había sufrido algunas modificaciones (se excluyeron de la norma las notebooks y netbooks, lo que provocó la ira de un “empresario local”: “Favorecimos a nuestro propio enemigo”) y había sumado algunos “errores”. Una vez aprobada, el Poder Ejecutivo la promulgaría.
No hay forma de que el proteccionismo arancelario que la norma impulsa no sea comprendido como un obstáculo para el desarrollo tecnológico (es decir, económico; es decir, cultural; es decir, educativo) del país, aunque se insista en destacar su papel en la promoción industrial. La provincia austral contará también con una reducción del IVA y no se descartan otras reducciones impositivas en el futuro, como manera de “impulsar la industria” del Fin del Mundo. Sea. En otros confines planetarios, donde no se sostienen sentimientos fanáticos sobre amistades y enemistades, por el contrario, han encontrado herramientas un poco más creativas para potenciar la hostilidad de la naturaleza y convertirla en herramienta de futuro.
Islandia se prepara, en estos mismos días (dicen los diarios), para convertirse en la capital mundial de los servidores digitales del mundo, aprovechando el ahorro energético que su territorio gélido permitiría: en cualquier otro lugar, además de la energía necesaria para su funcionamiento, los servidores necesitan un 50 % adicional para su refrigeración. Además, el ahorro energético permitiría reducir la producción de ese veneno, el anhídrido carbónico, que tanto preocupa a los ambientalistas y que las ciberindustrias ya producen en cantidades superiores a las aerolíneas.
Para garantizar el suceso de la empresa, Islandia ha tendido en los últimos años inmensos cables de fibra óptica que la conectan con el resto del mundo. Los datos tardan 17 milisegundos en llegar a Londres (aunque esa velocidad de vértigo parece todavía poca para algunos bancos, se espera que ya el año que viene se instalen en el nuevo parque ciberindustrial de Reikiavik los servidores de una importante cadena bancaria norteamericana).
Islandia se ubica como undécimo país en términos de PBI per cápita a nivel mundial (39.000 dólares por habitante) y primero en cuanto a desarrollo humano. Tierra del Fuego (con un tercio de la población islandesa y un quinto de su superficie) es la segunda provincia más rica de Argentina (con un PBI por habitante de casi 12.000 dólares).
El país boreal (que hasta ahora ha vivido básicamente de la pesca) aprovechará sus fuentes de energía renovables (sus volcanes) y su clima frío para hacer de la industria electrónica uno de los pilares de su economía hoy en crisis. La provincia austral, en cambio, sigue apostándolo todo a la protección arancelaria (pan para hoy y hambre para mañana).
Yo soy muy friolento y no viviría ni loco en ninguno de esos polos, pero un poco de la imaginación islandesa para resolver sus problemas estructurales no nos vendría nada mal.














